Postales

¿A quién no le gusta que le envíen postales? Son historias cortas con finales felices en lugares hermosos.

Mi madre las guarda en una cajita de metal azul y de vez en cuando, coge una al azar y siempre sonríe mientras la lee.

Kazbegi, 4 de Junio de 2019

Te escribo desde la terraza de la casa de huéspedes. ¡Hace un día magnífico! El cielo está despejado y desde aquí puedo ver el pico nevado del Monte Kazbek.

Han pasado 8 meses desde que vine con Max y Noémie, la verdad es que los echo muchísimo de menos…

Ahora estoy viajando con un amigo francés, llegamos ayer por la tarde haciendo autostop desde Tiflis. El segundo coche que cogimos venía directamente hasta aquí y el conductor, un escocés de 28 años, nos ha invitado a viajar con él por Georgia y Armenia. Me encanta la idea, pero sabes que me muero de ganas por volver a Turquía…

¡Me voy a preparar la mochila porque en una hora nos vamos los tres de ruta!

Te quiero mucho, nunca lo olvides.

Un beso,

Eme

La versión extendida de cada postal está en mis diarios de viajes. Páginas llenas de aventuras y pensamientos que escribo en el camino. Como mi madre, guardo los diarios en una cajita de metal que abro de vez en cuando, cojo uno al azar y siempre sonrío mientras leo.

Kazbegi, 04/06/2019

¿Qué coño hago aquí?! Es lo que llevo preguntándome desde ayer. No me arrepiento porque me apetecía mucho volver a Kazbegi, pero preferiría haber viajado en otras condiciones…

Cuando fui consciente de la situación, ya era demasiado tarde y no había marcha atrás: iba en la parte trasera de un 4×4 que conducía un escocés muy majo llamado Robbie. Todo iba bien hasta que tuvo la genial idea de poner heavy metal a todo volúmen. La música me estaba taladrando el cerebro, pero no podía quejarme porque el muchacho se había dado la vuelta para recogernos en el medio de la nada cuando me había visto haciendo autostop con un francés, de cuyo nombre no puedo acordarme…

¡Eran las tres de la tarde y nos estábamos asando como pollos! El aire acondicionado no funcionaba y por las ventanas entraba una corriente de vapor asfixiante. Llevábamos las mochilas sobre las piernas porque no había espacio en el maletero y pesaban más que un muerto. Habíamos estado bebiendo toda la noche desde que nos conocimos en un bar esa misma tarde, así que ¡imagínate las caras de ecce homo que teníamos! Por no hablar de la resaca monumental, muchísimo peor que la de hoy.

Llegó un momento en el que me enfadé conmigo mismo por no saber decir que no a los planes improvisados, pero se me pasó cuando vi las aguas de color turquesa del lago artificial de Zhinvali. Recordé el día en el que acabamos ahí por error con mi amigo Max de Ucrania— en el primero de muchos viajes juntos que empezó, como muchos otros, de la misma forma que este— y decidimos beber cerveza en un edificio a medio construir mientras pensábamos qué íbamos a hacer con nuestras vidas…

Por increíble que parezca, tenía pensado hacer el camino de vuelta a dedo al llegar a Kazbegi. Llevo 10 meses en la eterna Georgia y lo que más me apetece en este momento es volver a Turquía. Quiero descansar en las montañas Kaçkar, recorrer de nuevo la costa del Mar Negro y quedarme un tiempo en Estambul. Pero aquí sigo, escribiendo desde la terraza de la casa de huéspedes.

No habíamos reservado nada, lo cual era una locura teniendo en cuenta que era temporada alta en las montañas del Cáucaso. ¡Y ahí estaba, tropezando de nuevo con la misma piedra 8 meses más tarde! Veníamos de la remota región de Tusheti y sorprendentemente estábamos de una sola pieza ya que pudimos habernos despeñado o muerto de coma etílico por seguir el ritmo de los locales. Fue un viaje memorable pero muy intenso y había llegado el momento de separarnos: Noémie, una amiga belga con quien habíamos coincidido 5 días antes, iba a refugiarse en Juta; Max y yo queríamos ir a Batumi porque añorábamos el mar, pero nos pasamos el cruce y cuando nos dimos cuenta ¡estábamos en Kazbegi! Lo más barato que encontramos fue una habitación para dos a 80 euros la noche, pero el destino estaba de nuestro lado y nos dejaron acampar en el patio trasero del restaurante en el que habíamos cenado. Pasamos una noche inolvidable que sigo recordando con mucho cariño: encendí una hoguera mientras Max y Noémie montaban la tienda; bebimos chacha a la luz de la luna y conversamos sobre todo y nada hasta caer dormidos bajo las estrellas.

Acabo de llegar de dar un paseo por el pueblo que aún sigue remoloneando, y mientras se levanta, contemplo el amanecer. Tengo la sensación que me invade el cuerpo cuando sé que debo partir…

Hace un día magnífico y desde aquí puedo ver el pico nevado del Monte Kazbek por última vez.

Solo espero que mañana, esté donde esté, no vuelva preguntarme— al menos, por una vez—: “¿qué coño hago aquí?!”.

Me encanta recibir postales. Sé por experiencia que detrás de todas esas “historias cortas con finales felices en lugares hermosos” hay versiones extendidas escritas en las odiseas de los remitentes. Como las nuestras, están guardadas en cajas de metal y sin importar la que cojas, puedes estar seguro de que sonreirás mientras la lees.

Al fin y al cabo, ¡la razón de ser de todas las postales es la misma pregunta!

¡Si quieres ayudarme a seguir viajando y escribiendo, haz clic aquí!

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